Así era, entonces, sentir eso...
Pienso una imagen que pueda reflejarlo. Me cuesta encontrar el conjunto justo de palabras que puedan dar cuenta exacta de ese estado. Se me ocurren entonces las montañas de Minas, que marcaron tanto estos últimos tiempos, estas semanas de introspección, de balance. Una sola tarde estuve ahí, pero tan fuerte fue... Ahí estaban, tocándome los pies, explayandóse hasta el horizonte infinito. Un mar de tierra. Jugando con las nubes, el sol a pintar en tonos cobreados, luego rojizos, azulados, grises por fin... Firmes, estáticas. No la idea de eternidad, sino la resignación de lo que entiende que es parte de algo más grande que no pára de cambiar. Y vive, entonces, ese proceso. No lo acepta. Lo vive. Suyo. Y lo ama.
No podía dejar de mirarlas. Hacía algo de calor, pero el día estaba nublado y soplaba un viento firme y bueno. A pasos de donde estábamos, una cascada muy pequeñita, pero de abundante agua corriente, fría, fría... Nos habíamos metido un rato y aceptado esa corriente, ese susto frío. No nos tocaba otra cosa ahora sino mirarlas, mientras nos secábamos, sentados en la piedra tibia. Como si todo hubiese sido hecho - en un tiempo muy lejano, muy anterior a Nosotros - para asegurarles que no nos volveríamos a casa sin antes bridarles el regalo de nuestra mirada la más sincera. Aquella que todo visitante debe a su anfitriano, como prueba de diálogo legítimo. Conversamos.
Pero incluso después (y ahora) mis ojos vuelven a mirar esas fotos, una y otra vez.
"Qué sentido tiene lo que dicen cuando están contigo?" - me pregunta Bilac.
Pienso una imagen que pueda reflejarlo. Me cuesta encontrar el conjunto justo de palabras que puedan dar cuenta exacta de ese estado. Se me ocurren entonces las montañas de Minas, que marcaron tanto estos últimos tiempos, estas semanas de introspección, de balance. Una sola tarde estuve ahí, pero tan fuerte fue... Ahí estaban, tocándome los pies, explayandóse hasta el horizonte infinito. Un mar de tierra. Jugando con las nubes, el sol a pintar en tonos cobreados, luego rojizos, azulados, grises por fin... Firmes, estáticas. No la idea de eternidad, sino la resignación de lo que entiende que es parte de algo más grande que no pára de cambiar. Y vive, entonces, ese proceso. No lo acepta. Lo vive. Suyo. Y lo ama.
No podía dejar de mirarlas. Hacía algo de calor, pero el día estaba nublado y soplaba un viento firme y bueno. A pasos de donde estábamos, una cascada muy pequeñita, pero de abundante agua corriente, fría, fría... Nos habíamos metido un rato y aceptado esa corriente, ese susto frío. No nos tocaba otra cosa ahora sino mirarlas, mientras nos secábamos, sentados en la piedra tibia. Como si todo hubiese sido hecho - en un tiempo muy lejano, muy anterior a Nosotros - para asegurarles que no nos volveríamos a casa sin antes bridarles el regalo de nuestra mirada la más sincera. Aquella que todo visitante debe a su anfitriano, como prueba de diálogo legítimo. Conversamos.
Pero incluso después (y ahora) mis ojos vuelven a mirar esas fotos, una y otra vez.
"Qué sentido tiene lo que dicen cuando están contigo?" - me pregunta Bilac.