martes, 5 de febrero de 2008

Yo quería que ella no tuviera miedo.

Yo quería que ella no tuviera miedo. De la misma manera que alguien alguna vez me lo ordenó. No tengas miedo, no está bueno. Querría ordenárselo y que ella lo obedeciera. No a mí, ese yo encarnado, sino al intangible, a ese ¿sentimiento? que está dentro mío y que está en todas partes (¡qué bueno estaría!).
Dejame que te invite. Que mi invitación no es más que una retribución a la que me hacés vos. (¿)Aun sin saberlo(?). Dejame retribuir. Sin miedo. Ni vos. Ni yo.

(Cuando nos civilizaron, nos enseñaron a temer a las palabras. Y sin embargo nos encadenaron a ellas. ¿Pero qué son las palabras? Son sólo palabras. Y todo a la vez.)

Alguien alguna vez me lo ordenó. No tengas miedo, no está bueno. Ella sabía lo que decía. Ella sabía lo que sentía. Ella y yo. Y que no era lo mismo. No le importó la diferencia. Quizás porque sabía que lo que es sincero no puede ser malo. Quizás porque sospechaba que ni la diferencia más grande es suficiente para distinguir eso que con tantos nombres se nombra. Quizás porque los malentendidos no sean tan malos... ¿para qué entender, al final?
Obedecé a eso que me te lo mueve. Metételo. Y soltate. Listo.

Y me dan unas ganas de llorar...
Pero no te preocupes. No tengas miedo. No es malo. Es lindo. Veraz. ¿Verás?


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