Sentado en mi cama, miro el patio. Desde el alto del alto muro me mira una paloma gorda. Me espía. Espera que deje de mirarla para avanzar. También lo espera a Haroldo. A que se retire, que se acueste pancho a mi lado. Y duerma. Entonces ella va a poder avanzar tranquila y picotear aquello que él no comió. Hay bastante para una paloma gorda. Quizás este sea su día. O quizás la sorprenderá la lluvia, obligándola a posponer su investidura.
Llueve mucho en Buenos Aires. Los diarios aparecen estampados de botes en las calles de una ciudad. No es Venecia, aunque esté poblada de italianos e inmigrantes y turistas. Rápido se va el agua. Como todos los años. Llueve sobre el mojado. Los diarios se venden como ayer.
Sentado en mi cama, escucho a Björk. Y a muchas otras cosas. Entran fuerte, atraviesan los oídos, adentran. Se encuentran con esa masa amorfa, en fermentación. Se entremezclan, se envuelven, revueltas. Ahí adentro dejo que se queden, que decanten, que se duerman. Que me duerma. Es un sábado a la tarde y llueve sobre el agua de hace poco. Y es siempre lo mismo. Es uno siempre el mismo. Pan. Que fue trigo y agua y aire. Y que pronto será nueva masa. Y luego será más. Qué? Siempre el mismo uno. En mil partes partido. Ido.
Sentado en mi cama no me da para pensar. Tampoco me esfuerzo en hacerlo. Todavía no estoy convencido de la necesidad de encontrar las palabras que podrían describir con exactitud eso que pasa. Eso que uno no sabe lo que es. Y se deja llevar apostando a que así estará más cerca de saberlo. Intuye. Que el uno mismo es. Siempre?
Que llovió, parió.
Llueve mucho en Buenos Aires. Los diarios aparecen estampados de botes en las calles de una ciudad. No es Venecia, aunque esté poblada de italianos e inmigrantes y turistas. Rápido se va el agua. Como todos los años. Llueve sobre el mojado. Los diarios se venden como ayer.
Sentado en mi cama, escucho a Björk. Y a muchas otras cosas. Entran fuerte, atraviesan los oídos, adentran. Se encuentran con esa masa amorfa, en fermentación. Se entremezclan, se envuelven, revueltas. Ahí adentro dejo que se queden, que decanten, que se duerman. Que me duerma. Es un sábado a la tarde y llueve sobre el agua de hace poco. Y es siempre lo mismo. Es uno siempre el mismo. Pan. Que fue trigo y agua y aire. Y que pronto será nueva masa. Y luego será más. Qué? Siempre el mismo uno. En mil partes partido. Ido.
Sentado en mi cama no me da para pensar. Tampoco me esfuerzo en hacerlo. Todavía no estoy convencido de la necesidad de encontrar las palabras que podrían describir con exactitud eso que pasa. Eso que uno no sabe lo que es. Y se deja llevar apostando a que así estará más cerca de saberlo. Intuye. Que el uno mismo es. Siempre?
Que llovió, parió.
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