sábado, 31 de julio de 2010

Anécdotas desde el otro lado del Atlántico

El vuelo que me llevó a Johannesburgo salió de Buenos Aires con dos horas de demora. En otros tiempos, me hubiera sumado al grupete que a cada quince minutos se acercaba al mostrador de la aerolínea para certificarse de que todavía no había estimaciones precisas sobre la efectiva hora de partida del avión. Pero eso en otros tiempos. Antes de que un amigo me enseñara que "el tiempo nunca es tuyo". Antes también de que Agustina tuviera que acompañarme en un tratamiento de supuesta úlcera nerviosa. No sé si llamarlo sabiduría, pero quizás haya algo de africano en mi reacción.

Lo que es cierto es que primero la llamé a Agus y aproveché para ponernos al día. Unos treinta minutos gratis (gracias, Movistar!) y anécdotas patagónicas. Luego, agarré mi librito (It's our turn to eat, de Michela Wrong - gracias Jhoney!). Iba por la página 40 cuando anunciaron el embarque. En la página 60, despegamos.

El vuelo, de lo más bien. Y bueno, uno va desarrollando sus tácticas. En el check-in le había pedido a la señorita que me ubicara en el medio de alguna fila del medio que todavía estuviera vacía (no hay tantos sudacas viajando a Johannesburgo después del mundial). La artimaña resultó: tenía los cuatro asientos para estirarme y luego de la cena (que se sirvió en la página 80 - no, el avión no tiene pantallitas con videitos y otros chiches...) cubrí los ojos y dejé que la turbulencia me encunara.

Pero el hecho es: salimos con dos horas de demora. A las 10:15, hora local, aterrizábamos. En mis manos, la tarjeta de embarque decía: destino Luanda, hora de embarque 8:45. El comisario de bordo nos tranquilizaba: el equipo de tierra de la aerolínea resolvería todos nuestros problemas. Y la azafata remataba: hay vuelos diarios a Luanda. Era un jueves. El viernes a las 8:00 yo empezaba un workshop sobre monitoreo y evaluación para veinte funcionarios del Ministerio de Educación. Well... uno siempre puede hablar de gestión de la adversidad.

Ya en tierra, el prometido equipo se hizo etéreo. Cada chaleco amarillo me renovaba la promesa de que el próximo sí encontraría al menos una orientación sobre la solución de al menos un problema: llegar a Luanda. Ya había pasado inmigración cuando el sueño se hizo realidad. Y era aún mejor: no habría que esperar hasta el día siguiente: a las 15:45 un vuelo de la aerolínea angoleña me llevaría a mi destino. Veinte funcionarios y un consultor volvían a tener alguna certeza sobre su futuro a corto plazo.

Y ésta sería la anécdota. Que quizás no ameritaría dicha etiqueta... Pero ya decía el poeta: en el medio del camino había una piedra, había una piedra en el medio del camino.

En este caso, eran tres. Todas rubias. Todas porteñas. Todas evangélicas. Ninguna hablaba palabra de inglés. Cada una, dos valijas. Todas llenas. De ropas y comésticos y de alfajores, yerba, dulces y dibujos de los niños evangélicos porteños para los niños pobres de Angola. No sabría decir si en iguales proporciones. Pero eran tres, con seis, treinta y cinco quilos cada una. Eso, lo cuanti. Necesitaríamos un especialista en evaluación cuali para describir con alguna precisión el nivel de ruido. Como sus honorarios no están incluidos en mi presupuesto, les describo la situación y ustedes saquen sus conclusiones:

Límite de equipaje en aerolínea sudafricana: 2 x 23kg.
Exceso de equipaje pagado por pasajera rubia porteña evangélica al embarcar en Buenos Aires: 0
Límite de equipaje en aerolínea angoleña: 1 x 23kg.
Ganas de aerolínea sudafricana de pagar - como corresponde - el exceso de equipaje de pasajera rubia porteña evangélica que no habla inglés que embarcó en Buenos Aires, sin pagar exceso de equipaje: en el límite, 0.
Ganas de  pasajera rubia porteña evangélica que no habla inglés que embarcó en Buenos Aires, sin pagar exceso de equipaje, de pagar a la aerolínea angoleña su exceso de equipaje: 0.
Probabilidad de aerolínea sudafricana ser penalizada por no aplicar la norma: en el límite, 0.
Probabilidad de que aerolínea sudafricana y aerolínea angoleña acuerden (en africaneer) engañar pasajera rubia porteña evangélica, que no habla inglés (ni africaneer) y despachar su equipaje recién al día siguiente en el vuelo de la compañía sudafricana sin tener que pagar un peso a la compañía angoleña: en el límite, 100.
Todo ello, x 3 (pasajeras rubias...)
+ consultor (yo) que habla inglés y que cede al pedido desesperado de pasajera (x3) de intervenir en la calidad de traductor
+ consultora chilena, que no tenía nada que ver, pero que también tenía que llegar a Luanda y que llevaba un equipaje de 27kg y que no había pagado exceso al embarcar en Santiago.

Insisto, no sabría cuantificar el ruido. Pero les cuento la consecuencia: a las 17.45 del jueves, las tres rubias, el consultor y la chilena llegábamos al aeropuerto de Luanda. A las 18.30 se detuvo la cinta de devolución de equipaje. En nuestros cinco changuitos, lucían solos nuestros respectivos bultos de mano. A las 20.00 dejábamos el aeropuerto, luego de que una señora tomara nota en una hoja A4 en blanco de nuestras quejas. Obviamente, todo eso con ruido. Exponencialmente proporcional al valor (sentimental, por supuesto) de cada ítem que cada rubia traía en su respectiva valija. Cada uno que saque sus cuentas.

Al día siguiente, a las 9.00 de la mañana, diez funcionarios del Ministerio de Educación asistían a un workshop sobre monitoreo y evaluación, conducido por un consultor en remera y zapatillas. Gestión de la adversidad fue el primer tema que abordaron. A las 13.00, un vuelo de la aerolínea sudafricana aterrizaba en suelo angoleño con valijas no acompañadas. Tres rubias, un asistente, otro asistente y una pareja de amigos de las rubias esperaba en el aeropuerto de Luanda para retirar sus maletas "extraviadas". Disculpen si no puedo describirles la situación. Pero, bueno, el workshop duró hasta las 17.00 (se empezaba a sentir un olor agrio). Y desde que aquél amigo me habló sobre eso del tiempo y desde que Agus se fue a Bariloche, hay cosas que sí me escapan.

Quizás haya algo de africano en mi actitud. Quizás sea solo cansancio. Vio?

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