lunes, 6 de septiembre de 2010

Y adentro del sucucho

La Real Academia Española online tiene quince acepciones para la palabra "casa". Nada más.

Dios! Cuatro años me ha costado... a depender de como se lo cuente. Pero al fin! Si es cierto que he estado visitando más el mundo exterior, también es verdad que nunca antes me he dedicado tanto a la casa. Desde el primer día que volví. O el día después.

Era temprano y Henrique me invitó a almorzar. A las once de un domingo. Brunchamos. Rico. Estaba también su hermana. Hace tiempo no nos veíamos y también con Henrique pude recordar nuestras deliciosas discusiones. Tratárase de puterío o economía... Ya lo extraño. Y bueno, terminamos y él la llevó a la hermana al mercado de pulgas. Fui y encontré las seis sillas. Me gustaron el mismo momento que las vi. Liviana, el respaldo con un entallado entrenzado. Rojos los asientos. No supe decir si estaban caras o baratas. No lo sabía. Y todavía lo dudo. Pero acá están, circunscribiendo la mesa. Pienso que quizás dentro de unos meses las tendré que mandar a pegar de vuelta. De ahí en más, periódicamente. Pero está bien, no? Por qué las cosas tienen que resistir más que nosotros a la vida? Se rompe, se recompone. También la casa.

El lunes, compré el futón. Grande, cómodo. Sencillo, casi humilde. Robusto, no obstante. O eso parecía. Sigue pareciéndolo, en el living, aunque puedo asegurar que no se ve como el que encargué. Igual es lindo, aun bajo la bonita manta que lo protege de los descuidos de Haroldo. Sospecho que resistiría igual sin ella, pero bue... Mejor prevenir. Y no queda mal.

Las paredes se veían todavía demasiado blancas y grandes. Entonces el destino colaboró. La destinataria de unos cuadros - regalo de mi tío - se convirtió en ex a partir de haberse portado mal. Me los gané yo, deviniendo en actual. También la casa.

Resultaron. Un amigo los vio y le pareció mejor re-ordenarlos. Así estamos. La casa y yo.

Quedaba un pendiente. Hace tiempo tenía en mis favoritos la página de Mercado Libre con los detalles del modelo. El anuncio ya no estaba publicado. Actualicé la búsqueda. Seguían ahí. Ni siquiera el precio se había movido. La mañana siguiente, me confirmaron que había en stock. Ni bien empezó la tarde, sin nada que hacer en la oficina, los fui a buscar. En el camino, me detuve en una maderera y les mandé cortar un estante con huecos para pasar los cables. El viernes a la noche, los parlantes reposaban en el piso de mi habitación, al lado de su futuro destino final, todavía en posición vertical.

La madrugada del sábado, 9h30, me pareció suficientemente adecuada como para empezar la instalación. (se nota el desquicio, no? por las dudas, lo aclaro: otras tres personan dormían en la casa... una en la habitación al lado. ahora sí se dan cuenta, no? gracias.) Serían las 9h45 cuando perdí mi virginidad con el taladro. Fue rápido y malo. Miento. Fue lento. Malo igual. El tarugo nadaba adentro. Pero no salía. Dicen que allí yace aún. Fui a buscar asistencia técnica en la ferretería. El ponja me lo explicó bien. Habría que olvidarse de ese agujero. Hay que mirar adelante, muchachos! Keep walking forward! Así que vino Pedro y nos mandamos dos más. El segundo agujero de mi vida era mucho mejor, pero todavía inútil. Recién el tercero. - Suficiente, no? nos entremiramos. - Si la ménsula queda bien pegada a la pared, bueno. Con un tornillo chueco y otro firme pretendimos contraponer la ménsula a la gravedad. Pero parece que realmente la bipolaridad es efectivamente más estable. O la unión hace la fuerza. En fin, no iba. - En la semana llamo alguien que lo haga. - Tenés que tener herramientas, hermano! - Querés hacer bien de una y ni siquiera tenés la teoría! Lo bueno de tener amigos.

Vino el domingo. Diario, película, feijoada, una (mala) obra de teatro (gratis y en buena compañía). Itapoã debe ser así. La de Toquinho, digo. O la mía. En fin... vale la idea. Unos amigos más me convencieron de que se podía hacer. Se podría.

Lunes, diez de la mañana. Tenía que empezar de cero. Marqué con lápiz. Medí. Respiré profundo y ya. Hice un nuevo. Rápido, fui a comprar más tarugos. El último había entrado justo a su cueva. Con nuevos cinco en la mano, hice el segundo y sujeté la primera ménsula. Medí, probé, volví a marcar, corregí. Dos más y de la pared colgaba la segunda ménsula. No respiraría hasta asegurarme de que la madera encajaba. No perfectamente (con mucho más, a Dios le llevó siete ponerlo en marcha al mundo y todavía vamos a los tropezones). Pero bastante bien. No pude esperar atornillar la madera a la ménsula: apoyé arriba de mi escritorio mi viejo compañero de ruta - mi equipito de música - ladeado de los nuevos parlantes. Finalmente puedo escuchar mi discoteca pirata sin tener que enchufar auriculares en el cerebro. 

Ahora a la noche clavé los dos tornillitos que faltaban. No hasta el final que no me dio la fuerza - o me falta teoría... De todas formas, está mucho más firme. La casa.

Yo, no lo sé. Pero tampoco importa.

Vamos bien y adelante.


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