jueves, 20 de octubre de 2005

Para empezar...

Me envió hoy un querido amigo unos versos de Salvador Luis, un poeta de Perú que yo desconocía, pero que de pronto pasé a admirar... Los versos destacados por mi amigo son el cuento "el señor riberyo", que copio abajo...

La identificación fue inevitable... Me hizo acordar además de José Régio, otro de mis poetas favoritos.

A quienes les plazca, visiten www.salvadorluis.net.

 

 



el señor ribeyro


 


--------Presiento que la ausencia del señor Ribeyro no fue planeada con antelación. Me lo indica el estado en que se encuentra su casa. Su máquina de escribir todavía conserva una hoja inconclusa y el cenicero de cristal permanece sobre su escritorio atestado de colillas y cerillos consumidos. Todo esto me da mala espina.


- "Avanzo, libre, hacia el río, con mi cabeza de oso en la mano, decapitado, feliz. Atrás, sólo la tienda iluminada del circo. En el circo, Marcial, Max, Irma, Kong, los soldados meones, todo enterrado, todo olvidado. Avanzo hacia el agua, sereno al fin, a hundirme en ella, a cruzar la selva, tal vez a construir una ciudad. Merezco todo eso por mi fuerza. No me arrepiento de nada. Soy el vencedor."
- ¿Hasta cuándo piensas recitar ese párrafo?
- No lo sé. Tal vez hasta que te canses.
- Bueno, si de mí depende, entonces ya tuve suficiente.
- ¿Te sangran las orejas?
- Por supuesto que no.
- Entonces todavía no has tenido suficiente, pedazo de mierda... "Si esas luces de atrás son antorchas, si esos ruidos que cruzan el aire son ladridos, tanto peor. Los llevo hacia la violencia, es decir, hacia su propio..."



A pesar de que el señor Ribeyro es un fumador contumaz, sé que es un hombre muy quisquilloso cuando se trata de la limpieza de su cenicero; me niego a pensar que pudo partir sin siquiera arrojar los restos de su vicio al cesto de la basura. No es usual en él. Simplemente, no es su estilo.



- ¿Me permites fumar?
- Ya te dije que no. Este no es uno de tus cuentos, ¿está claro? Aquí se hace lo que a mí me parece.
- Sí, ya lo entendí. Pero hasta el momento no sé qué cosa quieres.
- "Si esas luces de atrás son antorchas, si esos ruidos que cruzan el aire son..."
- ¡Basta!
- "¡Si esas luces de atrás son antorchas! ¡Si esos ruidos que cruzan el aire son ladridos, tanto peor! ¡Los llevo hacia la violencia, es decir, hacia su propio exterminio! ¡Yo avanzo! ¡Rodeado de insectos, de raíces, de fuerzas de la naturaleza! ¡Yo mismo soy una fuerza y avanzo aunque no haya camino! ¡Me hago un camino avanzando!" ¡Me hago un camino avanzando!
- Repítela un millón de veces si quieres. No, mejor aún, un billón. Quizá para ese momento ya me sangren los tímpanos.
- Qué gracioso, imbécil.



Además, ese ventilador portátil gira persistentemente, revolución tras revolución, como si le urgiese un breve respiro. Y hay una taza llena de café sobre el tablero, también tostadas endurecidas en el horno, y si no me equivoco, me pareció ver la ventana del baño abierta. Definitivamente, el televisor está encendido, de eso no me cabe la menor duda porque ese comercial de dentífrico lo conozco como si fuera mi palma.



- La verdad, no sé por qué vine a buscarte.
- Claro que lo sabes. Me buscas porque me tienes miedo. No soportas que yo ande suelto por ahí.
- Será mejor que me vaya. Ya me aburriste.
- Como tú quieras, pero te prometo que no te vas a librar de mí. No te vas a librar de mí hasta que hagas lo justo.
- Sabes perfectamente que no puedo hacer eso.
- ¡Claro que puedes! Si puedes hacer que Irma aguante el peso de Marcial todas las noches, si puedes hacer que el oso agonice en su jaula, que el teniente Sordi olvide su pistola en el cuartel, entonces puedes matarme, una y mil veces si te da la gana.



Otra razón que me lleva a especular acerca de su partida es la ostensible molestia de Madame Pichot. La pobre mujer lleva dos días esperando al señor Ribeyro, pues éste le prometió merendar con ella y echarle un vistazo a una carta que, según la regordeta señora, el mismísimo Guy de Maupassant le envió a su abuelo materno allá por el siglo XIX. No sé si será cierto, pero tampoco me incumbe. En todo caso, lo que es verdaderamente preponderante es el intempestivo viaje del señor Riberyo.



- ¿Viniste solamente para pedirme que te mate?
- Vine porque quiero que se haga justicia. ¡Yo no pienso pudrirme en esa selva para siempre! ¡Tú me vas a matar!
- Ya te dije que no.
- ¡Tienes que hacerlo! ¡Ya no aguanto más ese lodazal, ni el calor, ni toda esa vida de mierda!
- Me largo de aquí. Déjame pasar.
- ¡Tú no sabes lo que es estar en esa selva, Ribeyro! ¡No lo sabes! ¡Cada vez que alguien lee esas páginas Irma se compadece a sí misma! ¡Y es tan hermosa! ¿Por qué la hiciste así de bella? ¡Y Max, y Kong, y todos esos soldados inútiles! ¡Tú dices que yo soy una fuerza, que soy el vencedor, y es a mí al que vencieron! ¡Es a mí! ¡Pero mi sufrimiento nunca acaba, se repite cada vez que abren el libro, se repetirá por siempre, y todo porque no quisiste matarme!



¿Por qué se fue sin cargar equipaje? Monsieur Baruch dice que el martes pasado lo vio tomar un taxi con las manos vacías. ¿A dónde pudo haber ido el señor Ribeyro? La sobria hoja que dejó en su máquina de escribir solamente muestra una decena de efes y enes y repetidas equis.



- No seas melodramático, Fénix. Es sólo un cuento.
- ¡Tú sabes que no es así! ¡Tú sabes que no es sólo un cuento porque yo estoy vivo! ¡Necesito morir, Ribeyro! ¡Cambia el final!
- No. El cuento se va a quedar tal y como está. Muerto no me sirves.
- ¡Mátame, hijo de puta! ¡Di que una serpiente me mordió en el río! ¡Que Sordi me pegó un balazo!
- ¡El cuento se queda tal y como está, Fénix!
- ¡Si pudiera partirte el pescuezo, lo haría sin pensarlo dos veces!



No sé si deba dar parte a la policía. Los vecinos están un poco intrigados, pero el casero todavía no da por desaparecido al señor Ribeyro. Tal vez ya esté por regresar y me preocupo sin razón. ¿Qué son unas cuantas colillas en el cenicero, unos cerillos? Voy a esperarlo hasta las cinco. Francamente, no quisiera irme sin el autógrafo que le prometí a Gilda y sin que me responda un par de interrogantes que tengo acerca de ese cuento llamado Fénix.



- Tú eres mi creación y puedo hacer contigo mi antojo.
- Sí. Pero de aquí no saldrás vivo.
- Fénix, no me amenaces. Sabes muy bien que no puedes levantar un solo dedo en mi contra. Eso no está escrito.
- Tal vez yo no pueda hacer eso, pero él sí.
- ¿Él? ¿Quién es él?
- El autor de este cuento te va a matar.
- No sé de qué autor me hablas. Además, si yo muero, tú jamás podrás salir de la selva. Eso no te conviene, Fénix.
- Te equivocas. Si tú mueres, yo continuaré exactamente en el mismo tiempo y espacio donde me encuentro ahora.
- ¿De qué hablas?
- Yo no soy Fénix. Y tú tampoco eres el verdadero señor Ribeyro. Nosotros somos los personajes del cuento número V. Tu nombre es Alfa. Yo me llamo Beta. Cuando Gamma se haga presente, el cuento concluirá.
- ¿Gamma?
- Gamma es tu auténtica Némesis. Por cierto, Alfa, ya no tardas en pedirle por tu vida.




*Basado en Fénix de Julio Ramón Ribeyro

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