lunes, 2 de febrero de 2009

De noche

Llueve en Buenos Aires. Sentado en el zócalo, escucho las gotas que tocan la cerámica. Es noche y el cielo se deja ver en tonos acobreados. La lluvia, ésta no se deja ver. Pero se siente.
Respiro el aire úmedo. El olor a lluvia, que insiste en ignorar lo demasiado urbano y me hace creer sentir la tierra mojada entre mis dedos. Saco mis plantas al patio. Dejo que las gotas toquen con violencia sus hojas. Me agradecen.
Llueve. Inconstante. Y de a poco se va llevando el día, la noche ya avanzada. El día que no fue.
Cae y se junta sobre el piso. Una lámina. Un espejo. Me veo a mí, fractalizado, sentado en esa pequeña escalera. Qué espero? Que la lluvia pase?
Llueve y el agua se mueve despacito hacia el centro del patio. Ingeniosa arquitectura. Despacito va escurriendo. Pronto es cloaca. Pronto será río.
Y yo seguiré siendo. Lavado por lluvia.

1 comentario:

  1. Vuelvo a leer esto y me parece horrible... dios...

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