lunes, 2 de febrero de 2009

A los 26

Y fue cuando me preguntó qué hacía.
Creo que me atoré. O es como si lo hubiese hecho. ¿A qué venía aquella pregunta? Así, de la nada, en el medio de todos, entre amigos, entre copas, entre risas. Aquella no era la ocasión, definitivamente. Colocarme así al desnudo. Ante a mi mismo.
No se refería a las cosas de la vida cotidiana. Al menos no al preguntármelo. Quería saber del más allá. Perscrutar lo oculto. Lo que callo. Lo que casi olvido.
Tartamudeé. Tergiversé. Puse las palabras unas después de las otras, buscando sacarles la trascendencia. Frases que querían decir que algo había quedado atrás en el tiempo. Pero que algo también había quedado en mí. Y que ese algo buscaría su manera de seguir existiendo. Conmigo. yo (así en minúsculas). Deseos de seguir siéndolo. Personaje de reparto. Pretensión humilde de un sueño que no pudo ser más que eso.
Y fue entonces que, no sé por qué, le dije que escribía. Que escribía guiones. Obras.
No se dio por vencida.
Quiso saber de qué tipo.
Intimistas, le dije. Pero creo que todo hubiera sonado más verdadero en singular.
(todo lo demás, adaptación.)
Hay pocos guionistas buenos en esta ciudad, dictaminó. Y quise creer que sus ojos despiadados me sonreían.

Acabara de cumplir 26 años.

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